Las noticias de estos últimos meses no pueden ser más indignantes y cada día que transcurre parece ser peor. El dolor que tienen que vivir tantas personas en el mundo no tiene nombre, los casos de intolerancia, de maltrato, de irrespeto y de odio contra el otro pareciera que se han juntado todos en un mismo momento, seguramente y lo más lamentable es que NO, son muchos más.
El agredirnos mutuamente se ha convertido en la bandera que nos lidera. Matar es tan fácil y entristecer la vida de otros es una constante en nuestra sociedad. No entiendo por qué pasan estas cosas, por qué unas personas sufren tanto, por qué hay tanta indolencia y tan poca solidaridad, por qué se acabó la moral, las buenas costumbres y el civismo, por qué los valores se extinguen y ha surgido un culto a la banalidad que está acabando con la poca humanidad que queda en los habitantes de este planeta.
Que no todos son malos, ¡por supuesto! si no fuera así estaríamos en guerra o recogiendo los pedazos de ella, sin embargo abruma el hecho de que la indiferencia ha llegado a tal punto que parecemos máquinas, nada nos toca, nada nos afecta, nada nos importa y en consecuencia, no hacemos nada.
No dejo de soñar con un cambio, una transformación total, un nuevo y mejor espacio, un mundo tolerante, respetuoso y apacible, si, ese paraíso prometido, esa eternidad... Ese espacio donde los niños rozagantes rían hasta el cansancio; los viejos estén acompañados por sus familias, tengan un techo y una comida deliciosa cada día; los gobernantes trabajen para y por el pueblo buscando el bien común; los animales sean amados, cuidados y respetados; la naturaleza aprovechada y conservada; y las personas conviviendo en armonía, igualdad y santa paz.
No dejo de anhelarlo con toda mi alma...
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